Un clima para la familia

Queridas familias:

En la sesión de formación de padres que mantuvimos recientemente en el Colegio, os entregamos las claves por las que en el Colegio podemos construir un clima alegre en el que se puede vivir en confianza, con el deseo de que podáis llevarlas a vuestras familias. Como no puede ser de otra manera, porque es nuestro modo de hacer las cosas, partimos de la experiencia: esta vez, de la vivencia que nos fue regalada el día que celebramos el Jubileo de Oro de nuestro Santuario en el Colegio. La atmósfera que se respiró entonces, muy concreta y especial, generó un clima que sacó de nosotros y de nuestros alumnos comportamientos de gran altura. Sabemos que esa atmósfera nace en el Santuario, donde reina María; y eso provoca que se cree un lugar hermoso donde nos gusta estar y crecemos. Esto es Schoenstatt.

A partir de la vivencia que el P. Kentenich expresa en su Cántico al terruño, podemos extraer unas pistas que nos indican el camino que debemos seguir si queremos construir ese lugar hermoso. Ante todo, podemos reconocer que quien prepara esa “tierra cálida y familiar” es “el Amor eterno”: así, sólo cuando ponemos a Dios en el centro y reconocemos su papel creador, también de nuestra familia, estamos abiertos a dejar que en nuestro hogar sucedan grandes cosas. Invitar a nuestro Padre Dios a formar parte de nuestra familia es dejarle participar en ella creando, porque así es como Él está, y reconocer eso implica saber que nuestra familia es algo bueno y valioso, que es querida por Él, que nos ennoblece y por lo que merece la pena luchar. Y esto porque, como bien saben vuestros hijos, “Dios es Padre; Dios es bueno; y bueno es todo lo que Él hace”.

Con Dios en el centro, podemos llevar a cabo grandes conquistas. Él nos da fuerza, alegría y confianza, ingredientes esenciales para hacer que el amor crezca. Basta abrirnos a su presencia amorosa para que esto suceda. Pero esta apertura, para ser auténtica y fecunda, ha de nacer del reconocimiento de nuestra pequeñez. El P. Kentenich insiste en que es en el reconocimiento consciente de nuestra impotencia donde Dios se entrega plenamente y nos regala su poder –es decir, su omnipotencia–. Y esto sucede porque Él es infinitamente misericordia y, como es coherente, no puede negarse a sí mismo, sino darse plenamente cuando sus hijos se lo piden. Dice San Agustín: “Efectivamente, el Amor destruye lo que hemos sido, para permitirnos, por una especie de muerte, llegar a ser lo que no éramos”. Así, al abrirnos al amor de Dios, dejamos de ser pequeños y pasamos a ser grandes; ya no somos impotentes, sino omnipotentes. En Él, todo lo podemos.

En este contexto, es posible reconocer serenamente la verdad sobre los otros, con quienes convivimos y formamos una familia, con su grandeza y sus limitaciones. Por tanto, los vínculos que construimos a partir de este conocimiento son sanos, porque respetan el orden de ser de las relaciones: saben poner límites donde hace falta y dar alas cuando es preciso volar. Esto produce una mirada en el otro que favorece un autoconocimiento adecuado, porque nos (re)conocemos a través de lo que expresan sobre nosotros mismos los que están a nuestro alrededor y son importantes para nosotros. Esto, en la educación de los niños, es clave. De este modo, cuando los vínculos en la familia son sanos, construyen en torno a sus miembros una especie de “espesura”: como un bosque que permite cuidar y favorecer el crecimiento de cada uno. Ahí nacen el arraigo y la seguridad, esenciales en el desarrollo personal, especialmente en momentos cruciales como la adolescencia y la juventud.

Crear un ambiente así requiere una entrega generosa y desinteresada, que se favorece especialmente en el entorno familiar. Cuidar la familia es esencial, por tanto, porque es el lugar idóneo para dar seguridad al niño (y al resto) y propiciar que se abra y crezca, aprendiendo de la magnanimidad de los padres. Es, y debe ser, el lugar donde se acepta y se acoge a cada uno como es, con veracidad y misericordia, porque lo justo hacia un hijo de Dios es entregarle la acogida.

¿Es posible vivir esto? Es posible. En el Colegio lo hacemos por amor a María. Ése es el camino más fácil y fecundo para construir este clima: coronar a María como reina de nuestra familia. Por Ella, podemos conquistar la magnanimidad; la belleza; el poner límites y construir vínculos sanos; la misericordia; el entregar criterios sobre las acciones, sin realizar juicios a la persona; la capacidad de acogida y de sobrellevar al otro. Por amor a María, haciendo cosas concretas y pequeñas, en las que de verdad se juega el crecimiento real de la persona. Y, al mismo tiempo, apoyándonos siempre en las experiencias de Dios que han marcado nuestra familia, descubriendo dónde está su presencia en cada una de las vivencias que tenemos y saboreándola.

Os invitamos, por tanto, a poner a María en el centro de vuestro hogar y de vuestra familia, también físicamente: invitarla a reinar regalándole un trono visible en nuestra cocina, en el cuarto de estar o donde más necesario sea su poder de Reina. Os proponemos hacer de toda vuestra casa un trono para María. Si estamos delante de la Reina, sabremos comportarnos como auténticos hijos de la Reina. Y ella se manifestará entonces como la “Señora tres veces Admirable”, que muestra el poder que le ha sido dado por el Padre y regala su fecundidad a los hijos que la escogen y que Ella, en compensación, escoge.

Un abrazo,

 

Pablo Siegrist Ridruejo
Director