En nuestra casa, la Navidad alcanza uno de sus momentos más significativos el día de Reyes. Con cuatro niños pequeños, desde bien temprano el 5 de enero, el ambiente se llena de nervios, expectación y una alegría difícil de describir. Todo gira en torno a la ilusión por lo que está por venir.
Esperamos con ganas la tarde de la cabalgata, siguiendo un plan que repetimos desde hace ya varios años y que se ha convertido en una tradición muy querida: merienda de roscón y chocolate con amigos. Esta vez nos reuníamos más de 60 personas, entre adultos y niños, compartiendo risas, conversación y ese ambiente especial que solo se da cuando muchas familias se juntan con un mismo entusiasmo. Después, todos juntos, fuimos a ver la cabalgata de los Reyes Magos.
Las calles estaban llenas de gente, algo profundamente bonito: tantas personas reunidas para celebrar, quizá sin ser del todo conscientes, que tres Reyes llegaron de Oriente para adorar al Rey de Reyes. La Epifanía del Señor nos recuerda que Dios se manifiesta a todos, que sale al encuentro de quien lo busca con corazón sincero. En medio del ruido, las luces y los caramelos, hay un mensaje silencioso pero poderoso: Dios se deja encontrar, también hoy, en lo sencillo y lo pequeño. La mayor Victoria se hace Niño.
Los niños saludaban emocionados a Sus Majestades, les gritaban que vinieran a nuestra casa y hasta les prometían: “¡Vamos a dejaros jamón del rico!”.
Al terminar, corrimos a casa cargados de caramelos, para dejar agua y zanahorias a los camellos y un tentempié para los Reyes. Los niños se fueron a dormir nerviosos, pero rendidos por la emoción del día.
A la mañana siguiente, no costó madrugar ni vestirse a la primera. Bajamos al salón y allí estaban las señales claras de que los Reyes habían pasado: restos de zanahorias repartidos incluso por el jardín, zapatos rodeados de regalos y una carta agradeciendo a los niños su bondad y alegría. En ella también les recordaban la importancia de compartir, ayudar en casa y querer mucho al Niño Jesús.
Terminamos la mañana abriendo cada regalo con ilusión y, sobre todo, con gratitud por unas Navidades vividas en familia, de manera intensamente plena.
Estos días nos interpelan como adultos. La mirada de los niños —limpia, confiada y asombrada— nos devuelve a lo esencial. Ellos viven el misterio con una fe sencilla, con el corazón abierto, y nos recuerdan que la Victoria cristiana no se alcanza con grandes conquistas, sino dejando que Dios venza en nosotros.
El Adviento nos invita a preparar ese corazón, a llenarlo de pequeñas “pajitas” hechas de gestos humildes de amor, renuncia y entrega, para que el Niño Jesús encuentre un lugar donde nacer. Así descubrimos que la Victoria más profunda se juega en lo cotidiano: en un corazón sencillo y disponible, donde Dios reina y la alegría permanece.
Ana Corsini Santolaria
Madre y profesora de la ESO y Bachillerato Internacional del Colegio



