Nuestro viaje formativo de 1.º IB fue muy anhelado, pues sabíamos que íbamos a hacer misión en un pueblito de Valladolid, llamado Villabrágima; un pueblito de 1000 habitantes. ¿Cómo fue esto?
Misión País 2026 ha sido, sin duda, una experiencia inolvidable. Aunque cada uno la vivió de forma distinta (dado que no todos realizamos las mismas actividades), hay algo que todos compartimos: la unión que hemos forjado como clase. Durante esa semana crecimos tanto a nivel personal como de clase; en mayor o menor medida, el esfuerzo y la dedicación se reflejaron en cada uno de nosotros. Aprendimos a ser verdaderos misioneros, capaces de mantenernos firmes ante las dificultades y de servir con generosidad.
Desde el inicio del viaje, todo fue aprendizaje. Para muchos, Villabrágima era un lugar desconocido, pero pronto comprendimos cómo serían los días allí. Incluso tareas que al principio nos generaban cierta incomodidad y pereza, como los “pinchajes”, terminaron convirtiéndose en parte de nuestra rutina. Cocinábamos, limpiábamos y colaborábamos en todo lo necesario, incluso en aquello que no habíamos ensuciado nosotros mismos, entendiendo que la convivencia se construye desde el servicio.
El primer día fue especialmente desafiante. Algunos trabajaron en el campanario de la Iglesia San Ginés, limpiando los miles de excrementos de paloma, suciedad acumulada durante años. Hubo dificultades, malentendidos y momentos de cansancio, pero también una gran unión: cavamos, llenamos sacos y los bajamos por una estrecha escalera que complicaba aún más la tarea. Fue una prueba exigente, pero dimos lo mejor de nosotros. Al día siguiente, esa experiencia se transformó en una dedicación admirable: con esfuerzo y trabajo en equipo logramos lo que parecía imposible, limpiar el campanario por completo. Fue, sin duda, un logro colectivo digno de celebrar.
A otro grupo le tocó ir a un pueblito cercano, Villafrechós, para limpiar un convento recién donado al párroco. Desmalezamos, ayudamos en el jardín y barrimos todos los claustros del convento, fregamos, limpiamos sin parar y todo en un ambiente de alegría, de canto y baile.
Por las tardes, algunos salían a misionar y experimentaban de primera mano lo que implica ser misionero: puertas que se abren y otras que se cierran, conversaciones acogedoras y rechazos inesperados. Aun así, perseveraban con entrega. Mientras tanto, otros compartían tiempo con los niños del pueblo, llenando las calles de risas y alegría, ya fuera jugando al fútbol, al tenis o simplemente acompañándolos. También hubo momentos de silencio y recogimiento en la adoración, espacios necesarios para encontrarnos con Dios. El último día, caminando varios kilómetros bajo la lluvia sin quejas, fue un claro reflejo de esa perseverancia que habíamos cultivado.
Finalmente, gracias a las actividades guiadas por la Hermana Lucía, don Daniel, la señorita Clara y Lara, pudimos reflexionar sobre nuestro camino en la vida: un camino con dificultades y caídas, pero en el que Dios siempre está presente. Comprendimos que, incluso en los momentos más difíciles, contamos con el apoyo de nuestros mayores amigos, Jesús y la Virgen María.
Emilia Marín Ryan
Alumna de 1.º de Bachillerato


