Cuando llegan las vacaciones de verano, tendemos a pensar que el tiempo se detiene. Cerramos las aulas, apartamos los horarios y dejamos a un lado las rutinas del curso. Pero, aunque a veces nos cueste reconocerlo, el tiempo sigue pasando. Y nosotros seguimos creciendo.
Cuando nadie nos dice lo que tenemos que hacer, la elección es nuestra. Parece una obviedad, pero quizá sea una de las grandes lecciones del verano. Es en esos momentos de libertad donde descubrimos qué es lo que realmente nos mueve. Lo que hacemos cuando nadie nos dice qué hacer habla de quiénes somos. Nos pone a prueba más y mejor que en cualquier evaluación académica.
En vacaciones no se detiene la educación; más bien es el momento en que comprobamos si todo lo vivido durante el curso ha echado raíces. Tendremos tiempo de comprender las pequeñas victorias conquistadas día a día y ver que permanecen cuando desaparecen los horarios. Tendremos tiempo de poner en práctica la alegría de saber que hemos vencido y confiados en todo aquello que nos quede por conquistar y comprobar si hemos aprendido a mirar la realidad desde la belleza, a disfrutar de las sorpresas cotidianas y a dedicar tiempo a lo verdaderamente importante.
En nuestro colegio creemos que la educación nace del asombro. Se fortalece en los vínculos y ayuda a cada persona a desplegar la originalidad con la que ha sido creada. Y muchas de las experiencias que más nos transforman no suceden entre las paredes de un aula. Un campamento, una sobremesa en familia, un viaje o unos días de descanso pueden convertirse en escenarios privilegiados para seguir formándonos. Porque también se aprenden lecciones en una cena en familia, en un paseo o en un rato que encontremos para rezar.
Las familias tenéis entre manos, durante estos meses, un tiempo extraordinariamente valioso. El verano ofrece una oportunidad única para estar juntos sin tantas prisas, para conversar, para compartir y para seguir educando. Y, además, enfocarlo en lo que a cada uno de verdad le importa sin preocuparse por notas ni resultados. Simplemente porque nuestro tiempo libre se llena de lo que de verdad amamos.
Después de un curso lleno de trabajo, esfuerzo y alegrías, solo queda dar gracias por todo lo vivido. Gracias a las familias por caminar con nosotros y, sobre todo, gracias a nuestros alumnos por dejarnos recorrer con ellos un tramo de ese camino que, ojalá, tenga siempre como horizonte el Santuario.
Porque en verano no se para el tiempo. Y quizá nos demos cuenta cuando llegue septiembre y los niños vuelvan más altos, más mayores y, esperamos, también un poco más libres, más hondos y más ellos mismos.
Teresa Cubillo Mazzuchelli
Editora de Signos de Victoria


