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La música o el arte de ver los detalles


Foto: Lucía Spenger Alumna de 6.º de Primaria

La música es caminar por un prado y atisbar una mariquita. O acercarte a la orilla del mar y encontrar una concha intacta. O mirar de casualidad el cielo una noche de verano y atrapar una estrella fugaz. La música es caminar sobre todos los detalles del mundo. Es comprender que cada nota o cada silencio o cada sostenido, cuenta. Es leer esa partitura, que parecen hormigas ordenadas en una autopista, y dejarnos enseñar que debemos ir nota a nota, silencio a silencio, sostenido a sostenido, sin saltarnos ni un solo pequeño detalle. Porque no sería lo mismo. Porque ignorar los detalles es perder grandeza. Es cierto que el prado seguirá siendo verde, los pies te los mojarás igual y la noche continuará oliendo a jazmín, pero sin aquellos destellos minúsculos, no nos conmoverá ni el prado, ni la noche ni el mar. Porque, ¿dónde estaría nuestra memoria, si no es en el recuerdo del destello de los pendientes de mamá cuando se reía bajo el sol, o en aspirar la colonia de papá cuando nos cargaba en brazos? Con la música aprendemos a afinar esa mirada para con los detalles, a no ignorar el espacio minúsculo que ocupan. Lo aprendemos en clase de instrumento cuando con cada dedo creamos sonidos. Lo aprendemos en orquesta cuando todos contamos los compases al unísono para escucharnos los unos a los otros. Lo aprendemos en el aula cuando distinguimos las sutilezas entre una corchea y una semicorchea, o entre un tempo allegro y un tempo andante. ¿Pero para qué? Dibujemos un pasto. Cojamos un pincel grueso, témpera verde y un folio mejor que la pared del cuarto de juegos. Pincelada por aquí, brochazo por allá, un poco de ojo crítico a nuestro arte y ya tendremos nuestra mancha verde y los dedos sucios. Pero, por suerte, el pasto del mundo no lo pintó Dios con los pinceles del aula de plástica; creó la hierba. Creó cada brizna, cada hebra, cada hoja. Y Su prado se llenó de detalles: margaritas para los enamorados, saltamontes veloces para los que observan el mundo y hormigas que en fila india se colocan en un pentagrama. Luego sacaremos del estuche el clarinete o el violín o el piano y leeremos ese pentagrama en orden, nota por nota, silencio por silencio, sostenido por sostenido y aprenderemos que la grandeza no se oculta, se construye en los detalles.

Dulcinea López de Barrio
Coordinadora de Grado Musical